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En
el viejo escritorio de la antigua casa encuentro una carta. Una
carta amarillenta por el paso del tiempo, veinte largos años durmió
allí horas interminables. Olía a jazmines y perfumes nocturnos.
Mi casa tiene cinco ventanas de extrañas mañanas; entra por cada una
de ellas un sol limpio y templado que desvive colores del ayer.
Rodeada de árboles y frescos naranjos, retrocedo en el tiempo.
Veinte años que hacen un puente entre el presente y un pasado lejano
y tardío. No dejo de mirar esta carta y entrar en el túnel del
tiempo como en un laberinto, donde escucho voces, risas y mi misma
alma despojada de tantos recuerdos.
¿Esta carta fue respondida alguna vez? No lo recuerdo, o ¿si...? Las
inquietantes olas de los mares escuchaban mis confesiones de hombre
casi muerto. Sí, hombre casi muerto de amor... Mi corazón incesante
se agitaba, mientras mi mirada fija y sin punto se perdía más allá
del horizonte, con la caída del sol.
Los recuerdos se me van… Camino por el bosque que rodea mi casa,
troncos muertos y la verde hierba crece feliz y sin prisa por el
sendero que llega hasta su cruz. Mi madre muerta, fue un golpe muy
duro del cual me costó largos veranos reponerme, y ahora lo he
logrado. Pero esta carta revive en mí historias de un pasado cruel,
y gotas de felicidad se apoderan de mi mente y de mi cuerpo.
Recuerdo mi juventud, caminar con Elvira del brazo y jugar en los
charcos bajo la lluvia de abril. También recuerdo a mi amigo
Francisco, que se recibió de doctor y partió muy lejos, tan lejos
como para no recordarme y olvidar las divertidas tardes de póquer.
¡Qué tiempos!, había felicidad y un dejo de nostalgia. Y esa
picardía que traen los años de juventud nos acompañaba desde que
partíamos de casa muy temprano hasta regresar casi sin aliento por
la noche. Ah, y el viejo Agustín, un italiano llegado de Nápoles,
tenía un corazón lleno de esperanza, su esposa y su hijo habían
fallecido. Y don Agustín, gran pintor, se sentaba todos los domingos
en la plaza del pueblo y ofrecía retratar a las hermosas niñas de la
alta sociedad. Todo un artista del pincel y del alma, porque a pesar
de su dura vida, él siguió tras su sueño: venir a América y seguir
con su arte. Y esa carta, que aún está guardada en el cajón del
viejo escritorio, es de ella..., sí, de Elvira, pero no me atrevo a
abrirla, pasaron tantos años y nunca quise saber el porque de su
huida. Una partida a sinsabores y a un amor muerto, aun estando
vivo. Y hoy, después de tantos años limpiando mi rincón de historias
pasadas, su carta allí está. Fría y amarillenta como papel añejado.
Y estoy temblando, por qué no decirlo. Temblando por todos esos
recuerdos que acuden a mi mente como un cortometraje, película a
película, y el eco de una dulce voz que durante un tiempo enturbió
mis sentidos, mi mente.
No quiero leerla, no. Porque las cartas no respondidas se acopian en
el cielo como espesos nubarrones que indican tormenta. Ellas apagan
los rayos brillantes del sol y hacen que las penas traspasen el
corazón como lanza de fuego. Algún día responderé. El día que la
muerte me sorprenda, y pueda por fin aquietar mis sentidos y
concentrarme. O esté tan lejos de este lugar de trastos y recuerdos
viejos y pueda hallarme a mí mismo. Yo, que te amo, Elvira, fui un
cobarde por no saber demostrártelo.
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