Bajo el sol rutilante de un frío invierno
tu sonrisa se esfumó
y mi alma gritó, desesperada y huérfana
porque tus tibios abrazos
ya no se unían a los míos,
porque tus ojos ya no me miraban.
Serena y hermosa como siempre
tu adiós se clavo en mi profundamente.

La vida, la rosa, bella y espinosa,
se que más allá del sol me miras, cuidas
y proteges... y como estrella titilante
brillarás con luz propia eternamente.

Tu alma pura y generosa
tus valores y principios
y todo el amor que me diste
estarán guardados en mí
para poder seguir este peregrinaje
y sentirme iluminada
cada vez que el sendero sea oscuro
y mi corazón tristemente te reclame.



¡Gracias mamá!, por haber sido una eterna luchadora y apoyo incondicional en mi vida.
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Señor, yo no soy digno
de que entres en mi casa
pero una palabra tuya
bastará para sanarme.
Amén

 

 


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